martes, octubre 18, 2005

Natalie, la nobleza y un maniquí


Ya escribí de Luis Buñuel, el maestro español del cine surrealista. Pues bien: las alusiones a don Luis no cesan, y para muestra, una pequeña lista de situaciones bretonianas:

a) Ir a cenar a un restorán vegetariano con nombre de novela de piratas suena a chiste o a actividad recreativa en Cancún. Lo cierto es que el jueves fuimos a cenar a La Isla del Tesoro, un lugar caribeño-vegetariano-purgante cerca de Bilbao.
Curisos eran los platillos por demás exóticos (y, como ya dije, con sabores que iban de lo laxante a lo vomitivo): helado de gengibre, hamburguesa de una especie de polenta;...
Pero ahí no acaba lo surrealista del sitio (¿ya mencioné que nuestra mesa tenía la foto de un perro, como si su dueño se la hubiera tomado y la hubiera dejado ahi para decorar?). A la distancia, veo una chaparrita semi-calva, con cara de famosa. Se besa y toma de las manos con un chavo de pelo medio largo y barba de maestro de filosofía y letras en el Flower Power. ¿Sinead O'Connor? ¡NO! Agárrense, chicas, que todas ponen cara de desmayo cuando digo quién era.
Gael
García Bernal y Natalie Portman dejaban el restaurante y yo apenas tuve tiempo de parpadear para darme cuenta que eran ellos. Extraños lugares los que la gente famosa usa para esconderse. Sin duda, lo raro camuflea a los raros.

b) Vino mi amiga X (para cubrir su identidad) a España. Rodrigo habla con ella:
R: ¿Cuándo te vas?
X: El sábado voy a Sevilla.
R: ¿Sevilla? ¿Y eso? ¿Tienes familia por allá?
X: Nah, voy a una boda.
R: Ah, ¡qué chido! ¿De quién?
X: ¡Ja! ¡Ni te imaginas! ¿Qué no has leído las noticias?
R: (silencio, cara de "guat").
Pues resulta que la señorita fue partícipe y testigo de la boda de su amiguita. ¿Quién? Pues el nuevo miembro de la realeza española (de origen mexicano):
Genoveva Casanova.
Nada más surreal que una boda de cuento de hadas... ¡con todo y
Milos Forman de invitado!
c) Cerca de Callao, vi un tumulto en una esquina. Parecía un saqueo a una tienda y, en cierto modo lo era: la tienda liquidaba todo y regalaba otro tanto; así que muchos se amontonaban para coger (en el sentido español de la palabra) lo que podían. Así vi cómo un tipo salía abrazando el torso desnudo de una mujer... bueno, bueno; el torso de un maniquí. Atrás quedaba una escena por demás buñuelezca: las piernas del maniquí brotaban de una caja como bambúes de una maceta (véase Ensayo de un crimen, dir. Luis Buñuel, México, 1995. Actúan: Ernesto Alonso y Miroslava, et. al.).
El botín estaba repartido, y el destino me invitaba un trozo de él. Así, caminé por la Gran Vía cargando ese par de piernas para decorar mi cuarto. Si Don Luis viviera, ¿se hubiera sentido orgulloso o simplemente se hubiera burlado? Quien sabe. Lo que sí puedo asegurar es que muchos en el tumulto (alternativos-groovies madrileños) dijeron envidiarme por la adquisición, mientras que otros tantos borrachillos de las calles me felicitaban. Yo sólo creo que hacen un buen perchero.